París póstumo

Poemario contenido dentro de Puro verso (Año: 1973 / 2021)

Este poemario recoge textos escritos entre 1973 y 1974 durante un vagabundeo de 20 meses que realizó el autor mientras se ganaba la vida trabajando como cantor pasaplatos en París, Cannes, Saint-Tropez y Beirut, donde recomenzó desde cero su producción literaria, después de haber publicado dos libros narrativos en Montevideo: El ángel (1969) y La rabia triste (1972), que no fueron incluidos en su Biblioteca Virtual Completa presentada respectivamente en abril y mayo de 2022 en Austria (espacio cultural Mi barrio de Viena) y Uruguay (Museo Torres García de Montevideo).

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Acerca de esta obra

- (…) ¿Y cómo explicarías la influencia que tuvo la intemperie del Viejo Mundo para que a los 25 años te replantearas algo así como empezar de nuevo con tu carrera literaria?

- Porque fue allí -en aquel desierto sartreano tan poluido espiritualmente- que renuncié a hacer carrera persiguiendo la “glorieta” de la notoriedad glamorosa (Guillermo Fernández dixit) ofrecida en “Tontovideo” por publicaciones míticas tan vacías como el semanario Marcha (el “manijerismo” setentista era tan hipócrita que a mí, por ejemplo, el jefe de la página literaria llegó a proponerme colaborar regularmente si “pedía pase” del Partido Comunista al sector pro-guerrillero del Frente Amplio), y al llegar a París la necesidad de parir verdadera literatura se volvió una cuestión de vida o muerte. Y al principio escribí casi 100 páginas (que todavía no he quemado, porque me da pena) de una novelucha chirle nada más que “desahogadora” del horror y la adoración que empecé a vivir meteóricamente y tuve que volver a mi primer amor: la poesía.
Boxeando contra cada frase y cada letra para construir la trabazón de los grupos simétricos al servicio de la verticalidad arquetípica, y avanzando muy de a poco y muy solo, hasta que al final me las arreglé para localizar a Cortázar y el Gran Cronopio tuvo la inolvidable magnanimidad de revisarme un bruto fajo de textos y alentarme muchísimo. (“Usted tiene el don de ser infalible al manejar los ritmos líricos, cosa en la que yo siempre fallé” dijo mordiéndose una pata de los lentes mientras los ojazos dorados se le afelinaban con un cariño sin tiempo, para hablarlo en Paco Espínola.)
Claro que yo tenía la inconmensurable ventaja de que a los cuatro años mi padre (que integraba el Taller Torres García y ya estaba prendido con el arquetipo de vivir en lo eterno) me leía a Herrera y Reissig, García Lorca y Nicolás Guillén en un diminuto y mágico altillo del Paso Molino y llegué a memorizar poemas enteros sin saber leer ni escribir, todavía. Y cuando cumplí quince años Guillermo Fernández me prestó a Vallejo y eso me cambió la vida. Aunque los puntos clave de “inflexión existencial” fueron cinco: la irrupción de Vallejo, Los Beatles y la segunda edición de El pozo, la fanática relectura anual de París era una fiesta de Hemingway y la inefable gracia expresiva de la escuela guitarrística de Olga Pierri. Pero eso no alcanzó, porque mi tremebundo ego edípico-narcisista encontró cancha libre para transformarme en un trepador oportunista, y como hacía cosas pasables y era muy joven algunos amigos intelectuales me frotaban el lomo y a autoengañarse que hay quórum, botija. Hasta que la Providencia me llevó a hacerme amigo de Onetti y el Viejo terminó por bajarme los humos cagándome cariñosamente la cabeza a patadas y empecé a desbarrancarme borracha y depresivamente en un water sin salida. Y lo cierto es que para mí iba a ser imposible escribir de verdad mientras viviera bajo la asfixia del cielorraso materno.
Vale decir: yo no podía ser yo porque el empoderamiento de la Yocasta-Liríope trancaba el crecimiento de mi costilla celeste (mi imprescindible femineidad intuitiva y creativa capaz de parir debajo de un bombardeo), y lo que necesitaba para que se empezaran a producir mis bodas interiores era un baño de intemperie total. Y entonces mi santo padre me ofreció pagarme por lo menos un viaje de ida a Europa (porque en casa nunca sobró la plata) para que fuera a transformarme en un guitarrero pasaplatos y me dejara de “joder al personal” (Indio Solari dixit), que era lo que soñaba hacer con mi primera esposa antes de divorciarme (duramos menos de un año). Y otro factor importantísimo fue haber podido viajar en el Cristóforo Colombo con mis grandes amigos Saúl Ibargoyen y Lil Bidart, verdaderos hermanos (recién casados) que me hicieron vivir festivamente la fuga a “la ciudad de las miradas muertas”, como define Moure Clouzet a
París. O sea, que en esa etapa lo que tuve que hacer no fue introducir elementos contraconquistadores en el Viejo Mundo sino contraconquistarme a mí mismo, en un hotel lleno de cucarachas y psicópatas donde hasta estuve a punto de ser literalmente
asesinado.

FRAGMENTO DE ENTREVISTA: “AUNQUE SE LLENE DE VIRUS LA VERDAD” (Por Martín Salaberry)


-(…) ¿Qué significaron los 20 meses que viviste en París entre el 73 y el 74, ganándote la vida como cantor pasaplatos? ¿Por qué te fuiste a vivir a París?

-Bueno, me pasó lo mismo que al personaje de la película de Woody Allen: Papá Hemingway me hipnotizó completamente con su insondable París era una fiesta y a los 25 años decidí empezar de nuevo, como escritor y como hombre. Pero el empujón final se lo debo a mi mejor amigo de todos los tiempos, mi padre, el maestro torresgarciano Hugo W. Giovanetti Sanna. En ese momento en casa no había más plata que para pagarme un pasaje de ida y allá marché, a poner la calvicie bajo la guillotina de la intemperie. Jung largaría una de sus clásicas carcajadas celebratorias de la prospectiva luminosa del ser si supiera que en el cada vez más poluido ombligo eurocentrista encontré a la Virgen María y a Satanás literalmente personificados y que Ella (si enfocamos la proyección interior de la figura triangular arquetípica) logró aplastarle la cabeza al Maligno y hacer emerger la resolutoria y sagrada cresta de iceberg de mi Voz Profunda. Yo ya había publicado en Montevideo dos libros que ni siquiera eran malos y me empecé a pelear de verdad con mi frase: porque el arte se construye desde la tensión microcelular. En algunos poemas pude, además, resolver el desafío dialéctico complementario del factor macro: la cuajadura de la andadura estructural, como le gustaría decir a Manuel Espínola Gómez. Pero nada de esto hubiera sido posible si no hubiese empezado a adorar, por primera vez en mi vida, al Espíritu Santo. Y cuando volví al Uruguay en el 74 (a militar contra la dictadura) me traje en la mochila un breve poemario terminado, París póstumo, y el material vivencial con el que fui construyendo, a lo largo de 10 años, el cuentario Cantor de mala muerte, el díptico Morir con Aparicio y el novelón Creer o reventar. Ahora tenía muy claro que París (que representaba al mundo) no era una fiesta sino una mierda y que la vida era, como lo sentenció Vallejo, horriblemente hermosa.

-¿Y cómo se fue manifestando esa adoración? ¿Cómo definirías a ese Espíritu Santo que encontraste?

-Yo diría que se manifestó a través de experiencias tan parecidas a las que narra Mario Levrero en La novela luminosa (sobre la que acabo de terminar un centellograma estético titulado Hombre muerto comulgando, publicado por entregas en el blog de elMontevideano Laboratorio de Artes) que en cierto momento me di cuenta de que somos siameses místicos (y conjugo el verbo en presente porque coincido con Onetti en aquello de que cuando se habla de los amigos la muerte es un detalle). En primer lugar, Levrero también se sintió traspasado para siempre por Dios a los 25 años, a través de la intercesión de la mirada de una muchacha. Y a partir de ese toque también empezó a captar que existe una especie de Más Dimensión o Multidimensión -que él adjetiva como sublime- incidiendo paranormalmente en lo que llamamos nuestra realidad común y corriente. Y es por la presencia de ese Espíritu Santo (Levrero también lo llamaba así)
que se producen esos fenómenos inexplicables que llamamos milagros (hasta los intelectuales con cielorraso racionalista hablan a cada rato de pequeños milagros, como si el adjetivo hiperbatonizado redujera la reverberación invisible de lo inasible). Yo en París me definía como un marxista-leninista que nunca dejó de admirar fervientemente a Jesús pero siempre considerándome un no creyente en la trascendencia supramundana, y terminé por escribir un poema que tuve que titular El milagro del café Rostand. Y ahora, 40 años después, he sido sacudido por tantas implosiones sincrónicas no casuales que reafirman la todopoderosa injerencia del amor incondicional en este planetita donde todavía gobierna Satanás, que ya no me asombra nada. Y aprovechemos para recordarle al lector que el 8 de diciembre de 2012, día de la Virgen, fuiste vos el que pudo fotografiar una epifanía femenina que se posó durante 5 minutos en el cortinado de tu dormitorio. Gracias a esa foto yo logré aprehender sensorialmente por primera vez en mi vida uno de esos prodigios. Mirá, en el llamado Evangelio de Nicodemo hay un logion apócrifo que cuenta que cuando Juan el Zebedeo vio abierta la tumba de Jesús dijo: Al final todo es verdad. Los brasileros usan esa expresión como refrán popular y en portugués queda mucho más lindo: No fim tudo dá certo. Sabelo.

FRAGMENTO DE ENTREVISTA: “EL DESIERTO ES MUY LARGO Y LA VERDAD NO TRIUNFA PERO EXISTE. LO DEMÁS NO EXISTE” (Por Haugussto Brazlleim)

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El único lugar eterno que conozco es el corazón de mi padre

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(40 CRÓNICAS UCRÓNICAS) es un libro atípico en el que el autor agrupa distintos géneros (entrevistas, poesía, narrativa y ucronías surrealistas) con la misión de capturar la esencia y existencial y metafísica de su padre, el plástico torresgarciano HUGO W. GIOVANETTI SANNA (1919 / 1979) a quien considera deberle “todo” en la vida.

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Hombre solo adorando 2

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(Año: 2020 / 2026) Hace unos años supe que mi única manera de llevar un diario era ir testimoniando el trajinar de mi trágica luminosidad fisuradora de la sombra amniótica a través de poemas de corte popular emergidos en forma de bitácora casi cotidiana (en un principio fueron haikus y después tankas rimadas, a los que muy de vez en cuando se agregan sonetos, sextillas o décimas, aparte de algunas reflexiones que pretenden aproximarse tanto a los koanes como a los llamados logiones evangélicos apócrifos). En pleno apocalipsis de la era de Gutenberg los textos siguen apareciendo continuamente en las redes y gracias a Internet (y al infatigable empuje autogestionario de elMontevideano Laboratorio de Artes, que fundamos hace ya 18 años con el cineasta multimediático Álvaro Moure Clouzet) dialogan sin el menor afán de lucro (el symbolleim dialógico es el reverso del diabolleim que rasga la unidad comulgante) con innumerables lectores de todas las capas sociales no uniformizadas ni manipuladas por el gusto oficial (o esnobismo globalista) que parecen ir proliferando ad infinitum sin que el establishment de capilla me haya puesto de moda ni me haya sido necesario mendigar espacios en las siempre flechadas editoriales de tirajes paupérrimos y copete multinacional (inventadas más para lavar dólares que para difundir cultura), lo que en mi caso significa algo así como haber concretado el sueño del pibe. En el volumen de mi Biblioteca Virtual que titulé Puro verso figuran los textos iniciales de Hombre solo adorando, pero en los últimos dos años se sumaron muchos otros que seguramente no dejarán de multiplicarse hasta mi último aliento.

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“¿Les molesta mi amor? (en esta vieja cultura frita)” (2024) es el provocativo título de la última novela de Hugo Giovanetti Viola. En una entrevista realizada al autor por Pablo Cossio (que puede ser leída en esta página WEB y funciona como un “espacio prologal” para introducirse en la ficción) HGV reflexiona sobre las consecuencias y los desafíos existenciales “pospandémicos” que parecen haber sacudido al mismísimo eje planetario.

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