¿Por qué esta página web?
Entrevista realizada por Pablo Cossio en exclusiva para elMontevideano Laboratorio de Artes y la Asociación de Amigos Viena-Montevideo
Lo que se necesita para acceder a esta página WEB que interconecta con una insólita agilidad y belleza plástica la obra completa (poesía, relatos, novelas, ensayos, artículos periodísticos, videos, guiones y fonogramas) del autor de “Morir con Aparicio” es cliquear en el siguiente link de Google: www.hugogiovanettiviola.uy
Este es el resultado de un trabajo realizado en 2023 por los técnicos Martín Sellanes y Jésica Gonzalez (integrantes de “La Saeta Producciones” *), y constituye la prolongación de la “Biblioteca Virtual Hugo Giovanetti Viola” que fuera presentada el año pasado por elMontevideano Laboratorio de Artes en Viena (enclave cultural “Mi barrio”) y Montevideo (Museo Torres García).
Obviamente, si tomamos en cuenta la impronta crística, artiguista y torresgarciana que ha marcado desde la niñez a este incansable juglar de 75 años, la totalidad del material de su página WEB es de descarga y reproducción totalmente gratuita.
DESDE LOS BISONTES PALEOLÍTICOS HASTA J. D. SALINGER
-Bueno, yo creo que fue la particularísima estrategia mediática que Moure me enseñó a utilizar, inspirado por Kevin Kelly, lo que generó la búsqueda de una difusión mucho más eficiente para mis obras, que en la Biblioteca son de difícil acceso. Y a principios de 2023, charlando con Martín y Jésica, surgió la idea de programar una página WEB que ofreciera un formato apto para generar una multiplicación celular más dinámica en las redes. Martín y Jésica, además de trabajar con el alma en los dedos, conjuntaron su creatividad para entramar una especie de anti-laberinto (término que le hubiera encantado a Cortázar) donde las puertas se fueran abriendo solas y Teseo no tuviera que matar a ningún minotauro reinventado por la degeneración capitalista para apropiarse del “tesoro difícil de encontrar” (Jung dixit). Y después de reunirnos con ellos y Lil Bidart, mi compañera, que conoce mucho el paño del ordenamiento cultural adaptado a la especificidad de su época, empecé a reclasificar mis materiales y se estableció un precioso intercambio de sugerencias y ocurrencias que nos permitieron ir diseñando la mejor entrada posible a mi corazón. Porque, como está escrito, “donde está tu tesoro está tu corazón”.
-Vos sos un artista multidisciplinario o multimediático, como quiera llamársele: nos regalás literatura, música, cine, filosofía. ¿Pero existe alguna de esas áreas donde te sentís “más vos” que en las otras y de la que pudieras decir “Esto es lo mío?”.
-Ah, qué linda pregunta. Yo te diría que la primera vez que sentí refulgir el “clic” de mi “Big Bang” (porque el arte con gracia de profundidad es una especie de resplandor de vitral donde reina la milagrosa y sorpresiva irrupción de un jardín interior que constituye un universo inédito) fue en un hotel cucarachiento de París (el Stella), a los 25 años (1973), cuando renegué de mis dos tóxicos libros narrativos (“El ángel” y “La rabia triste”, publicados tan precozmente como inmaduramente) y decidí volver a la poesía. Había escrito mi primer poema a los 10 años, y a los 15 era capaz de garabatear “covers” de Vallejo a vuela pluma (como lo hacía tratando de imitar a los Beatles con una banda de adolescentes que se llamó Los Hammers), pero después que leí “El pozo” abandoné la lírica. Lo cómico es que fraseaba mi supuesta prosa en base a alejandrinos, endecasílabos, heptasílabos y octosílabos disimulados y el único plumífero que percibió la existencia de esos rieles-muletas subterráneos fue el poeta español Félix Grande. Y cuando me preguntó en Madrid por qué escribía en verso me noqueó, además de agregar que ese disfraz de los metros tradicionales podía estar escondiendo una gran necesidad de escribir poesía. (¡Pero mira por dónde te desfazen los entuertos, chaval!). Y dicho y hecho, porque a los pocos meses de sobrellevar la infernal intemperie parisina redimida mínimamente por las enigmáticas facciones de Notre Dame (y aquí me estoy refiriendo a la catedral que el Satanás pandémico no pudo incendiar del todo pero también a una muchacha de 15 años que se introdujo para siempre en mi vida y me inició en la platónica adoración de la Beatrice / Dulcinea que nos guía en el ascenso espiralado hacia lo inefable, además de aportarnos la invencibilidad necesaria para abrir triunfalmente la jaula de los leones). Entonces tuve que arrumbar las 100 páginas de una policial chirle que garrapateaba en los boliches imitando al joven Hemingway y recomenzar de cero. Y cuando chispeó muy trabajosamente mi “Big Bang” (después de un año de boxeo ininterrumpido con las combinaciones lingüísticas) pude componer una veintena de poemas como la gente, aunque al volver a Montevideo demoré otros dos años en “pujar” la aparición de mi incanjeable sesgo narrativo, que ya se hace plenamente reconocible en los relatos de “Cantor de mala muerte” (1976 / 78).
-Por supuesto. Y es porque mi estética nunca compartimenta del todo lo genérico, y más acá o más allá de los terrenos específicos del poema o el relato, siempre existe una interpenetración decisiva (que Washington Benavides intentó prohibirme severamente, olvidando que él nunca dominó, ni a nivel creativo ni docente, el universo proteiforme de la prosa). De modo que, como le pasó a Borges, “lo mío” se bifurca continuamente, tratando de armonizar la microestructura de la frase con la macroestructura del texto verticalizado por los grandes arquetipos universales. Y creo que en Dante, en Velázquez y en Bach encontramos tres ejemplos supremos (sin olvidar a la tríada más cercana que conforman Mozart, Cézanne y el último Salinger) de esa “iluminación abismalmente sosegadora” que ya irradiaban los bisontes paleolíticos.
-Ese tema es muy complicado, porque el mismo Onetti se consideraba un no-maestro. Yo recogí muchísimas influencias literarias, pictóricas y musicales, como todo el mundo, pero en el trato personal, además de Onetti, fueron muy importantes Guillermo Fernández, el psiquiatra junguiano Demian Díaz Torres, Saúl Ibargoyen, Olga Pierri, Alberto Methol Ferré, Manuel Espínola Gómez y mi primer profesor de guitarra, Leonel Roche, un místico “no creyente” que sabía transformar los campamentos que organizaba en la Sierra de las Ánimas en ascensiones al Tabor. Y tanto el catedrático uruguayo y maestro de conferencias Olver Gilberto De León (que llegó a ser mi agente literario e incluyó durante una década mi novela “Morir con Aparicio” en el programa de literatura hispanoamericana de La Sorbonne) como Álvaro Moure Clouzet (con quien co-fundamos elMontevideano Laboratorio de Artes) fueron decisivos en la proyección de mi trabajo. Pero Hugo W. Giovanetti Sanna (1919 / 1979), mi padre, un precocísimo ajedrecista que a los 17 años intervino en una partida simultánea que se organizó en Montevideo cuando nos visitó el campeón mundial Alekhine y que a los 33 años ya era un maestro pintor del Taller Torres García, me parió de nuevo en un humildísimo altillo del Paso Molino. Y me parió literalmente, porque allí empecé a pintar al óleo cuando tenía 3 años y escuché las lecturas de El sermón de la montaña, Julio Herrera y Reissig, Federico García Lorca y Nicolás Guillén (poetas a los que memorizaba sin saber leer ni escribir) escuchándole decir que “había que vivir en lo eterno”. Ese fue mi gran maestro, porque asumió la misión de parirme de nuevo.
“TÚ A PIE, TÚ SOLO, TÚ INTRÉPIDO, TU MAGNÁNIMO”
-Vamos por partes. 1) La primera versión de esta novela, escrita entre 1979 y 1986 y publicada en 1991, está dedicada a “Peluca de Plata” (en alusión al numínico personaje de “The big sleep” de Raymond Chandler), y ella aparece nombrada como Bénédicte Trassiorf, porque yo la introduje con fórceps en mi novela fallida apenas la conocí, y el día que se lo comenté me pidió: “¿No podés poner mi apellido al revés?”. Porque se llama Bénédicte Froissart, y ya hace décadas que es una brillante escritora y docente franco-canadiense radicada en Montréal y traducida a varios idiomas. Y el romance absolutamente platónico -que nos hacía saludarnos besándonos nada más que las comisuras de las sonrisas- fue decisivo para los dos. Vale decir: durante más de un año nos ayudamos mutuamente a transfigurarnos en seres luminosos y sentíamos que con eso bastaba. Fue una especie de milagro andante, y en mi novelón policial toda la relación entre Abel (mi alter ego) y Bénédicte está contada tal como fue, en una trama donde la cuota de ficción es equiparable a la autobiográfica. 2) Después de mi vuelta al Uruguay nos carteamos durante un par de años hasta que quedamos desconectados (y la responsabilidad fue mía, aunque no quisiera explicar por qué me sentí imposibilitado de seguirle escribiendo), y en 2011, después que se me deshizo un matrimonio de 34 años, la busqué en Facebook y la encontré. Entonces nos prometimos “no perdernos más”. Y en 2019, cuando una insólita lectura de la editora Martina Seré me llevó a reestructurar completamente la novela para que tuviera más tensión de thriller, ya se la pude dedicar a Bénédicte Froissart, como correspondía. Ella tiene dificultades con la lectura del español y yo escribo con giros entreveradamente coloquiales, y un invalorable apoyo del exterior me permitió supervisar letra por letra la traducción al francés, hasta que pude enviársela. Y quedó muy feliz. 3) Yo en París me consideraba un comunista que nunca dejó de amar la figura de Jesús, pero mi filosofía supuestamente «dialéctica» no era dualista en absoluto. Fue cuando empecé a verme con Bénédicte que apareció la adoración de un indefinible “fulgor sobrehumano” que habitaba a esa infanta que me encaró con unas copas arriba en el restaurante donde yo pasaba el plato y siguió viniendo a verme al Stella durante más de un año. Y mi terrible narcisismo edípico empezó a cederle el paso a un “amor incondicional a la vida” al que le supo cantar inmejorablemente Violeta Parra. Hasta que un día los muchachos con los que alquilábamos una pieza en el Stella se pusieron demasiado pesados preguntando si tenía sexo con “la nena” y los espanté gritando: “No me jodan más con la nena, porque ella es la Virgen María, ¿entendieron?”. Y mientras se mataban de la risa acusándome de delirante yo me sentí ascender (Paco Espínola dixit) “en alas del amor sobre los mundos”, dándome cuenta nebulosamente que en la criatura que llegaba en tren desde la banlieue de Massy veía al mismo tiempo a Notre Dame, a Beatrice y a Dulcinea. Claro que demoré otros cuatro años -Kierkegaard mediante- en aceptar que la entrada en aquella espesura sincronizada por el universo me hiciera aceptar a la palabra “Dios” y escaparme de la utopista dialéctica del marxismo y del paralizante monismo yocástico. Ahora podía entender por qué el “Franny y Zooey” de Salinger siempre me había encandilado hasta la levitación y por qué Tolstoi escribió en “Guerra y paz: “¿Cómo hubiéramos podido inventar a Dios si no existiera?”. Y me acuerdo que la última vez que vi a Cortázar se me desbocó la euforia y le comenté que en los mapas del métro había una flecha roja señalando Massy, porque allí vivía Ella. Y el mosquetero me taladró con un desconcertadísimo respeto dorado y cambió enseguida el tema de la conversación.
-Eso está relatado concisamente en el largometraje documental biográfico “La sombra fisurada”, que produjo Juan Pablo Pedemonte. Con fotos y todo. Lo que sucedió fue que a un argentino que conocí en el hotel -y que en poco tiempo se fue transformando en mi “amigo del alma”- se le desencadenó de repente una paranoia psicopática y me sentí amenazado de muerte. (Y en realidad me dejó ciego interiormente con una mirada peor que las que podés ver en todas las películas de terror del mundo juntas.) Anduve meses armado. Pero lo realmente panicoso fue que la explosión asesina se produjo al atardecer en el boliche de la esquina del Stella y aquella madrugada tuve que volver al hotel después de trabajar y entrar solo en nuestra pieza. Y enseguida apareció el loco -que me estaría esperando en la esquina- y lo único que atiné fue a fumar el último Peter Stuyvesant y dormirme como si no pasara nada. Y el león se quedó en el molde. Y como justo al otro día nos íbamos con el trío a pasar el plato en la Costa Azul zafé por un tiempito, aunque tarde o temprano hubo que bajarle el copete a Satanás a puro huevo, igual que el D’Hubert de “El duelo” de Conrad. Parece joda, pero casi 50 años después a veces todavía siento que el loco va a aparecer de golpe a lo Pancho Ramírez, cuando persiguió a Artigas hasta el Paraguay para cortarle la cabeza. Don Quijote supo muy bien que abrir esa jaula es bravo.
-Lo terrible es que esa luz del Diablo te asesina la inocencia y después la podés ver relampaguear hasta en los espejos. Y cuando volví de París en diciembre del 74 a veces no me atrevía ni a mirar a mi padre a los ojos. Nada es peor que ese dragón.
-Bueno, puestos a elegir, como dice Serrat, me quedaría con la novela / poema épico “Yo el Protector / Memorial personal de Pepe Artigas” (que también está producido en forma de audiolibro) y con la canción “Andante de la Fonte” (que siempre digo que es algo así como mi cédula de identidad espiritual). Demoré dos décadas en soñarle una letra al Andante del Concierto Nº 21 para piano y orquesta de Wolgfang Amadeus, y terminé grabándolo guitarra en mano (con el único apoyo del excelente violista Gerardo Gramajo) en el disco “Cantando adelante”, que registramos con Federico Miralles a modo de dúo de solistas en el estudio de Daniel Martínez. En cuanto a la ucronía artiguista, fue redactada entre octubre de 2010 y abril de 2011, pero está precedida por dos o tres décadas de investigación histórica muy exhaustiva y una especie de “nouvelle de calentamiento” previa: “1809 / Artigas y la barbarie ilustrada y el alma cimarrona”. De todas maneras, la idea de construirle una réplica en espejo a “Yo el Supremo” de Roa Bastos surgió sísmicamente en el otoño de 2010 y me provocó un vértigo espantoso, porque parecía una misión imposible al mismo tiempo que ineludible. Y en cierto momento me cayó del cielo (Onetti dixit) la idea de estructurarla como la Comedia de Dante, cosa que ya había hecho con “El taller de la vida / confesiones” en 2006: 33 capítulos de 40 líneas para “Las alas del infierno”, 33 para “El amor del purgatorio” y 33 para “La soledad del paraíso”, y uno dedicado a la PAX-LUX final. Paralelamente había que solucionar el “tono” de la primera persona del políglota Artigas (que aparte del español castizo dominaba el portugués, el guaraní y los dialectos indígenas) resoñando la totalidad de su vida en plena agonía, y apelar a una intertextualidad sistémica desaforada (donde terminé armando un collage con mis propios poemas, citas de Vallejo, Lorca, Celedonio Flores, el Indio Solari y tutti quanti) y al encadenamiento laxo de los párrafos visualizados como islotes. Y me acuerdo que me animé a empezar después de zamparme los ocho menospreciados tomos de la “Epopeya de Artigas” de Juan Zorrilla de San Martín (que me inyectaron una especialísima energía) y escribiendo en plena soledad, porque en setiembre nos separamos con mi ex-esposa. (“Aquí quiero yo verlos” supo aullar Federico: “Delante de la piedra”). El Protector fue terminado cuando ya me había mudado al Cuartel artiguista de la calle Lepanto, y le puse el punto final un viernes de Semana Santa y al otro día me encontré con la computadora y el disco duro rotos, lo que significaba que podía haber perdido para siempre el “libro de mi vida”, porque no me sentía capaz de reescribirlo. Pero después de dejarle un mensaje en el teléfono a un técnico que me habían recomendado me pasé el sábado releyendo “Creer o reventar” y viendo fútbol por la tele y la madrugada del Domingo de Resurrección ocurrió el milagro de sentir en cuerpo y alma de que la posible pérdida de mi “texto cardinal” no significaba absolutamente nada para el universo. (¡Pero mira por dónde te desinflacionan el ego, chaval!) Y el domingo de noche me llamó el técnico y me dijo que había alguna chance de recuperarlo y vino a buscar el disco duro recién el martes y paf: el miércoles de noche recibí el aviso de que “Yo el Protector / Memorial personal de Pepe Artigas” seguía existiendo. Maravillas veredes, Sancho amigo.
-Tuvo muchísimas buenas lecturas, entre las que destaco un precioso artículo enviado desde la Universidad de Poitiers por la narradora y catedrática emérita especializada en literatura hispanoamericana Maryse Renaud, que fue utilizado como prólogo para la redición virtual en elMontevideano Laboratorio de Artes y el audiolibro co-producido junto al colectivo Jardín Humano. Sé que hace años que lo están estudiando algunos catedráticos, además. Pero el silencio del establishment ha sido completo, por supuesto. Ni lo nombran. Y bueno, si tomás en cuenta que la última frase -que pertenece a Moure Clouzet- es “Con Dios ni ofendo ni temo”, no podés esperar otra cosa. Y eso me enorgullece. Porque desde que el gran Karl Marx sentenció (en el siglo XIX y con quirúrgica lucidez) que las religiones eran el opio de los pueblos hemos ido comprobando, desconsoladamente, cómo las utopías -con la barra brava de Robespierre a la cabeza- se han vuelto la peor “narrativa” guillotinadora del Hombre Nuevo. Y ya hace más de un siglo que vivimos oprimidos por una nueva inquisición peor que la del catolicismo medieval, si es que puede haber peores. A esta altura, el neopositivismo burgués (y masónico) no nos permite ni siquiera intuir que tanto en el misterio sideral como en el de nuestro inconsciente pervive y late una pulsión instintiva que nos religa y nos proyecta hacia la espesura simbólica de lo eterno. (Porque es imposible aceptar que uno está enamorado de la vida a pesar de todos los horrores si no se llena los pulmones y el corazón con un soplo infinito que es exactamente el reverso de la “insoportable inmortalidad de la nada” que nos vende la lógica desligada del «filum» místico que unifica a todas las culturas.) Y al pueblo-pueblo (donde siempre existirán yacimientos de una fe todopoderosa capaz de conjuntar a los hombres más acá o más allá de sus diferentes ideologías y cosmovisiones) lo mandan a llorar al cuartito de las urnas o al Palacio de los Sueños Perdidos. Pero no desesperemos, porque en este sur triste nos quedan referentes capaces de resignificar cualquier crucifixión sin darse por vencidos como Pepe Artigas, el Negro Jefe, Joaquín Torres García, Alberto Methol Ferré, Paulo Freire y el Che. (Antonio Machado: “La verdad es lo que es / y sigue siendo verdad / aunque se piense al revés”. Y William Faulkner: “Y yo sé lo que me vas a decir ahora: que si la verdad es una cosa para mí y otra vos, ¿cómo hacemos para elegir lo que es la verdad? Pero no precisamos elegir. El corazón ya lo sabe”.)
-A mí lo único que me interesa es la pelota adentro del arco. “¡Y lo demás, me las pelan!” diría el Huaco Vallejo.


