Heredad de mi padre

Poemario contenido dentro de Puro verso (Año: 1973 / 2021)

Poemario compuesto entre 1979 y 1982, como tributo al maestro pintor torresgarciano HUGO W. GIOVANETTI SANNA (1919-1979), que inició al autor en el cultivo de la pintura y la literatura a los tres años de edad. Heredad de mi padre ganó el Primer Premio de la Categoría Poesía otorgado por la revista mexicana Plural (Jurados: Jorge Boccanera, Mónica Mansour y Alí Chumacero) en 1982. Se publicó en México en 1983, y desde entonces integra las periódicas y renovadas compilaciones de la producción lírica completa de Giovanetti Viola bajo el título de Puro verso. Su dedicatoria reza así: Padre: escribimos juntos / estos poemas / desde que me abrigó / tu lámpara celeste. / Estás allá y aquí / y estoy aquí y allá / como hermanos que llevan / un idéntico nombre. / Que así sea.

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Acerca de esta obra

PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN DE “PURO VERSO” ESCRITO POR JORGE ARBELECHE

Hugo Giovanetti Viola es una reconocida y querida figura de nuestro medio. Constituye, con su incesante participación en todos los rubros de la actividad del espíritu humanista, el más rotundo desmentido al concepto del escritor alejado de su medio. Hugo está presente en todo lugar y en toda circunstancia donde se haga necesaria la presencia del artista comprometido. Y cuando empleo este tan vapuleado y desmonetizado término: compromiso, lo hago bajo la responsabilidad de concebir así a toda manifestación verdadera del arte. Arte y
artista, para ser tales, están, de alguna manera, comprometidos con la vida y con su historia. Y no me refiero al compromiso meramente partidario; el arte supone un compromiso metafísico con todas las instancias de la existencia humana. No concibo un arte alejado del hombre y del mundo. Comprometidos con el hombre y con sus días fueron Virgilio, Dante, Cervantes. Y más cercanos, Machado, Lorca, Vallejo, Neruda… y el etcétera se multiplica hasta el infinito. Y ahí está la literatura de Hugo Giovanetti Viola profundamente enraizada en esta dura época de finales de siglo, transmutando en finísima poesía sus periplos andariegos a través de ese magnífico libro que es Cantor de mala muerte, o haciendo de la historia que cuenta y canta una canción popular, una obra narrativa de la envergadura de Morir con Aparicio. Pero este Hugo que nos ocupa hoy es el específicamente poeta, aunque toda su obra puede verse como una transfiguración poética de la historia y de su historia.

Cuando en 1976 -¡época difícil aquella!- la editorial Arca nos encomendó a Laura Oreggioni y a mí una antología de los jóvenes poetas, conocimos al Giovanetti lírico. Descubrimos entonces a un poeta cabal y de él dijimos: “Hay en él una actitud de amor hacia la palabra y sus infinitas posibilidades sonoras, una sensualidad verbal, excelencia en el decir, y a la vez un prudente manejo de esa virtud”. Trece años después, retomamos y reafirmamos esas palabras al confirmar que su poesía ha alcanzado un grado de introspección espiritual y metafísica heroicas hasta lograr una urdimbre tensa y exacta, vibrante de un “sentir” heterodoxo que no se acomoda a ninguna religión o
dogma, solo la rige el sentimiento y la pasión humanas al son de los acordes de aquella “música callada” que sólo el oído sublime de San Juan de la Cruz supo escuchar, y que podría resumirse así: Alcanza con creer. Con no creer no alcanza.

Montevideo, diciembre de 1988

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN DE “PURO VERSO” ESCRITO POR JORGE BOCCANERA

LA POESÍA DE GIOVANETTI: EL OFICIO DE CANTAR LA RESURRECCIÓN COTIDIANA

Aunque la poesía de Hugo Giovanetti Viola podría hacer suponer un lenguaje conversacional sostenido por una estructura narrativa, el autor de Puro verso es un hacedor de imágenes. Sus instantáneas dejan entrever a un hombre dando algunas brazadas en una calle con poca iluminación, donde el flujo y reflejo de la oscuridad no es más que el espacio vida-muerte donde se debate el hablante. Puro verso -toda la poesía escrita por Giovanetti- es un título que remite a una especificidad, a un centro. Ese núcleo bien podría ser una moneda que el autor lanza al aire en una especie de monólogo interior. La vida y la muerte en las dos caras del mismo texto, porque de alguna manera los libros reunidos aquí son partes de un extenso poema. Si Giovanetti se mueve en esa angustia existencial, en ese texto articulado por sucesivas muertes y resurrecciones, el ritmo elegido será también un mismo tono: casi siempre el alejandrino desdoblándose en varios versos.

Contra la muerte

Ya dijimos que cada palabra de Giovanetti, cada gesto, cada señal, trata de conjurar los vuelos rasantes de la muerte. De hecho, tres de los cuatro libros que incluye Puro verso remiten a la parca (París póstumo, Bodas de hueso y Heredad de mi padre), sin contar los títulos de sus libros de narrativa: Morir con Aparicio y Cantor de mala muerte. Si en sus primeros libros trataba de detener la caída: Que no me maten / Sergio / hasta incendiar / con palabras tristísimas y sucias / los restos repugnantes de la tierra, la ceremonia de conjuración va dictando sus propios pasos hacia sus últimos trabajos: No recuerdes el ojo apagado de la estrella. / Ni olvides la remota magnitud del perdón. / No
digas que se ha roto. Giovanetti nos habla del derrumbe, pero contrapone, en una lucha de contrarios, una visión de los fenómenos que trata de rescatar lo incontaminado (tu roja clarinada / única / vieja / pura) invitándonos a festejar: será gallo mi llaga / festejándonos y a
creer. Para ello introduce una especie de salmodia: Que se siga creyendo. / Que no se diga más, o Quienes descansan en tu oscuridad / respirarán un ramo de oraciones filtradas; y en ese tono bíblico: Sólo la luz lo sabe. No se trata, por supuesto, de una verborragia cercana a la oración, sino de una intensa búsqueda del otro, del prójimo y es precisamente en este “movimiento” donde el autor se acerca al Vallejo piadoso. Aunque exista alguna lejana resonancia con Neruda (Pero desnudo entre la sombra me alumbro de ti), es en la gestualidad del poeta peruano donde van a sobreimprimirse las manos tendidas de ambos autores: Pasa tu infancia por el jueves gris: / un camino de barro
manso y áspero / donde la lluvia muerde interminablemente / cáscaras de recuerdos exprimidos; o también: Por esa estrella que posó tu boca / entre la niebla matinal de agosto. Incluso ese “azul” que es medicina y calma en el Vallejo de Trilce (¡Cómo no va a poder! / Azular y planchar todos los caos), regresa en Giovanetti como el símbolo de aquello que da abrigo (aquel verano azul que me tejió mi madre), que encierra una cosmogonía propia (el significado celeste de la tierra), que circula entre la gente sencilla como los barros azulados del mundo.

Amparo y desamparo

En ese clima de encuentro y desencuentro, Giovanetti habla del desamparo en una ciudad que no conoce: la ciudad como un huevo celeste alrededor / sus paredes remotas desamparando el eco / de mi vida escapada hacia hondos humos húmedos. El encabalgamiento del final reemplaza al aullido, en un recurso fonético que el autor maneja con destreza: arrebato atiborrado, o remansé una mansión, o también espejado / espejismándote, entre otros. Es aquí donde gana la poesía de Giovanetti; en la plasticidad verbal, en la soltura con que maneja palabras-choque (rajase tu raizal mi cielo raso y rojo), y en imágenes que tienen más que ver con una visión onírica que con el manejo de situaciones y personajes (como suele ocurrir con una gran mayoría de narradores-poetas). Su poesía alcanza sus picos en imágenes potentes que condensan y tensan, quizás las dos premisas mayores de la poesía: Ah padre / fue tan dulce la tierra de tu vino / que hoy un cielo rosado / me sube a la cabeza y en una ironía apenas esbozada: En los recuerdos soy mejor todavía, recurso que el autor debería frecuentar todavía mucho más.
La poesía de Hugo Giovanetti Viola reunida en esta especie de volumen compilatorio, llama la atención por un nivel que no decae (y menos que menos en sus primeros trabajos, como podría suponerse) y que hacia el final se hace más contundente (Heredad de mi padre y El cielo entre los dientes) en esa iconografía surrealizante que da oxígeno a la respiración del autor: muñones púrpuras de las alas vendadas, rodeando a un esqueleto entre vapor de lágrimas, etc.
El ritmo, como dijimos antes, acompaña el tono de salmodia -a veces un martilleo monótono- y es la cuerda donde se tensa el interrogante de Giovanetti; es como el acompañamiento lejano de una canción. Se trata casi siempre de alejandrinos cuyos hemistiquios hacen las veces de versos, aunque también Giovanetti desdobla este metro en más de dos versos (el amarillo ciego / el cromo / el ocre rubio) y utiliza -en forma intercalada- el endecasílabo.
Quizás la fuerza de este libro esté en ese discurso unidireccional, en ese núcleo trabajado sin distracciones, en ese mismo interrogante expresado de muchas maneras, en esa búsqueda frenética del otro que se sobreimprime en el hablante, para que sea el padre el que habla con Giovanetti y él mismo hablándole a su hijo. Diciéndole que lloramos cantando y que no conocemos de la inmortalidad / más que espantapájaros.
Volvamos a la calle mal iluminada del principio y al hombre dando brazadas en la oscuridad: ese que dice Alcanza con creer. / Con no creer no alcanza y nos lanza una especie de aforismo hermoso y brutal al mismo tiempo: Giren tus ojos hacia la batalla.
/ Lo que se ve no es vida / pero vive.

San José de Costa Rica, agosto de 1989

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