El violador de almas

(Año: 2022 / 2023) Introducción al tríptico EL VIOLADOR DE ALMAS

Este tríptico agrupa tres nouvelles (Los de afuera son de palo, El violador de almas y Te toca morir) interconectadas bajo un título global: EL VIOLADOR DE ALMAS. También pueden leerse en forma independiente.

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Acerca de esta obra

ENTREVISTA A MODO DE PRÓLOGO

“JESUCRISTO FUE EL MAYOR VIOLADOR DE ALMAS QUE EXISTIÓ EN ESTE MUNDO”

por Pablo Cossio

Las dos primeras partes de este tríptico están narradas en primera persona por Abel Rosso, un supuesto (y recurrente) alter ego del autor que tiene fundamental importancia en la novela parisina “Viaje al fin del miedo / Creer o reventar”. Y al igual que en ese texto, hay una especial referencia a un joven personaje femenino que necesita encontrarse con La Cosa para salvarse. En la extensa tercera parte, sin embargo, se menciona muy pocas veces a “La Colorada”, que después de haber perdido la lucha con Satanás en el primer relato (“Los de afuera son de palo”), parece haber sido redimida en el segundo (“El violador de almas”). Pero en la extensa tercera parte, sin embargo (“Te toca morir”), hay muy pocas menciones a esa Ella numínica y la estructura narrativa pasa de la diacronicidad sistémica a un discurso lineal, que intenta confesamente reproducir la trama de la película irlandesa “Calvary” (2014), escrita y dirigida por John Michael McDonagh. ¿Esta especie de secuela complementaria del díptico inicial estaba planeada de antemano?

No. Aunque reconozco que incluso antes de meterle el diente al díptico inicial (que iba a ser publicado en forma independiente) había escrito el primer capítulo de una nouvelle inspirada en “Calvary”, una película que tiene el más extraordinario “arranque narrativo” que uno pueda leer (o en este caso “ver”) jamás. Pero me salió mal, porque no tenía bien calculado el número de capítulos que necesitaba la historia (ya hace más de treinta años que no me zambullo en un relato sin tener resuelta de antemano la estructura matemática de los “casilleros” donde voy a intentar “seguir a mis personajes” sin tratar de “dirigirlos”, como recomendaban Salinger y Onetti) y desistí enseguida. Hasta que cuando ya estaba a punto de publicar el díptico en mi Biblioteca Virtual empezó a emerger esa tercera parte complementaria desde mi jardín interior y pude visualizar la construcción de un “tríptico” con bastante claridad. Entonces me largué.

“Los de afuera son de palo” tiene 8 capítulos, “El violador de almas” otros 8, y “Te toca morir” 24. Total: 40. Un número ideal. (Según Jung, el 4 representa a la Trinidad más la Virgen o a la Trinidad más el Diablo.) Y mirá que hace muchos años que trabajo sin apuntes-guía, porque eso te condiciona mucho. Aunque además habría que puntualizar que en otros dos textos extensos, “El taller de la vida / Confesiones” (2006) y “Yo el Protector / Memorial personal de Pepe Artigas” (2011), utilicé otro tipo de programación geométrica basada en el particularísimo espiralamiento de “La divina comedia”: 33, 33, 33 + 1. Jamás entenderé por qué tomé esa decisión, pero me ayudó mucho, porque la prospectiva gótica (la ascensión metafísica) de Dante es verdaderamente catedralicia. Y para mí las catedrales medievales son lo mejor del mundo.

En la primera parte (“Los de afuera son de palo”) aparece el encuentro (que tiene mucho el enamoramiento platónico, a mi entender) entre un Abel de 74 años y una Camila de 27, que está casada con un “malandro”. ¿Por qué se despierta en Abel esa necesidad (que a él se le vuelve una cuestión de vida o muerte) de tratar de convencerla de que no aborte? O mejor dicho: de demostrarle que la Cosa existe y que sacársela de adentro sería como arrancarse el alma.

Lo que te puedo decir al respecto es que el Abel de “Viaje al fin del miedo” (cuando tenía 25 años y trataba de aprender a escribir “comme il faut” en un París muy decadente), padecía de un solo remordimiento incurable: haber participado en un aborto (por más justificaciones “razonables” que se le puedan inventar a este legalizado y “progresista” formato del asesinato, como ahora empieza a pasar con la eutanasia). Y en este caso Abel deja de ser mi “ficcionado” alter ego: soy yo mismo, nomás.

¿Pero pensás que para el lector que vive en un mundo donde parecería que sacarse una vida del vientre es como extirparse una bolita de grasa le puede importar mucho que la muchacha finalmente haya abortado? ¿Y por qué después de esa derrota Abel insiste en inventar un ritual sexual tan escabroso para que Ella no se “pierda” del todo? ¿Por qué termina practicando el “sexo telepático” (o “estrategia de penetración platónica” tomada de la película “Bent”, que dirigió Sean Mathias en 1997) para que “La Colorada” acceda a una especie de “orgasmo impoluto” a cambio de mil dólares, lo que podría confundirse muy fácilmente con la prostitución? ¿Por qué tanta piedad?

Mirá, desde que viví veinte meses pasando el plato como un mendigo en París y en Saint-Tropez me he sentido siempre como el níveo protagonista escultórico de Michelangelo, aunque posicionado al revés que en “La pietà”: un Hijo que es capaz de sostener el “resplandor caído” de Nuestra Señora con toda la adoración incondicional que pueda existir en este y en otros mundos-infiernos imaginables. Y te puedo asegurar que para mí ese es el único sentimiento capaz de vencer a mi ego edípico-narcisista.
“Muéveme en fin tu amor y en tal manera / que aunque no hubiera cielo yo te amara / y aunque no hubiera infierno te temiera. / No me tienes que dar porque te quiera / porque aunque lo que espero no esperare / lo mismo que te quiero te quisiera”, dice el soneto anónimo atribuido a varios autores (entre ellos Santa Teresa de Jesús). Pero carajo, ¿no se dan cuenta que esa joya máxima de la poesía universal no puede tener firma, porque su sustancia proviene de una misteriosa y arrasadora intervención de la divinidad?”.

La palabra “violador” tiene una connotación claramente negativa. El violador penetra en las personas y su motor es el egoísmo. Quiere satisfacerse a sí mismo. No importa lo que la persona necesita, sino lo que él quiere hacer. Aquí vemos que un personaje invade al otro, busca, lucha, quiere y quiere, pero nos presentás una valoración positiva de ese violador. ¿Cómo juega esa contraposición de valoraciones en un mismo término? ¿Existe también el egoísmo de Abel?

No, lo que existe es el deseo “santo” (a lo Mishkin) de Abel, como sucede en la psiquis de cualquier ser humano que “adora incondicionalmente”. Joâo Guimarâes Rosa, que para mí es el maestro supremo del llamado “boom” latinoamericano, llega a decir algo así como: “¿Vivir en el mundo? ¿Entenderse? Imposible, A no ser que acontezca un milagro que, en el fondo, siempre termina por acontecer”. Yo, personalmente, pienso que la palabra “milagro” está muy manoseada, y prefiero pensar que esas epifanías imprevisibles que nos atraviesan las entretelas todos los días, son ni más ni meno que “plegarias atendidas”. El universo conoce muy bien lo que necesitamos, pero si no peleamos y sufrimos por la implantación de esa “praxis” revolucionariamente cósmica, nunca sucederá. ¿Quién no ha recibido “órdenes” indescifrables de enamorarse de alguien o de algo de un día para el otro? El problema (Hamlet lo supo demasiado bien) es que la verdadera cultura (y acaso la preclara locura) consiste en saber escucharlas y tener todo el coraje del estrellerío para brillar incrustados en ese gran misterio. Y más acá o más allá de que se me considere “sacrílego”, pienso que Jesucristo fue el mayor “violador de almas” que existió en este mundo.

En el final de “Te tocar morir” Abel Rosso se tiene que enfrentar con una especie de “doble” del mismo enviado de Satanás que lo amenazó en París, con la gran diferencia de que en este caso llega a hacerlo con una pistola en la mano. No tendría gracia contar aquí el desenlace del relato, ¿pero qué significa que tu personaje encuentre una vez más una actitud piadosa para la encarnación del psicópata que no llega a matarlo físicamente pero lo condena a vivir acorralado por la torturada ética del idiota dostoievskiano?

Es que ya hace milenios que está escrito que la piedad no es más ni menos que el casamiento con nuestra propia sombra. Y esa boda interior significa el acceso a nuestra luz más alta: la del vitral sagrado.

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