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(Año: 1992) Introducción a LA INDECENTE NOCHE DE YEMANJÁ
Esta novela integra la serie narrativa El pasado del cielo, y recrea esperpénticamente la infancia de Abel Rosso, el personaje central de Viaje al fin del miedo. Casi veinte años antes de construir Yo el Protector / Memorial personal de Pepe Artigas, el autor empieza a utilizar profusamente la intertextualidad sistémica en forma de collage, modalidad que ya había inspirado en 1981 la creación del díptico fundacional Morir con Aparicio.
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Fragmento del primer capítulo, titulado Estrellitas y duendes
CUANDO MI padre y mi tío-abuelo Ismael fueron a visitar a Luquitas en la jardinera no quise acompañarlos. Las mujeres se pusieron a chusmear y mamá me pidió que me recostara un rato y no protesté. El caserón de la chacra tenía una especie de comedor-porche muy alto (donde acabábamos de almorzar) y una hilera de piecitas a las que se bajaba como a un sótano. La última vez que vinimos llovió toda la tarde. Habíamos traído a María Sara -la hija del Chueco, un vecino alma podrida- y me pusieron a dormir la siesta con ella en el cuarto de mis dos tías jóvenes.
Me siento de través en una cama -apoyado contra la pared mugrienta y húmeda- y canto: Viviré en tu recuerdo / como un simple aguacero / de estrellitas y duendes / vagaré por tu vientre / mordiendo cada ilusión. Y siento que no quiero ver más a María Sara, pero me refriego la cabeza y sigo cantando la bachata del Papalote: Vivirás en mis sueños / como tinta indeleble / como mancha de acero / no se olvida el idioma / cuando dos hacen amor.
La última vez que vinimos a la chacra fue al empezar la primavera y ya estamos casi en Navidad. Por un ventanuco entra olor a chiquero y hay un jazmín del país que se mueve, también. Entonces junto las manos como para rezar. Pero canto: Me tosté en tus mejillas mi bien / como el sol en la tarde / se desgarra mi cuerpo / y no vivo un segundo / para decirte que sin ti muero.
Ma-Sa tenía la mirada estrellada por la lluvia. Estábamos sentados uno frente al otro y de golpe ella se levantó el vestido azul con volados y lunares blancos que se ponía las noches que venía el japonés. Tenía bombacha blanca. (Y ahora me clavo en el mentón en el pecho y murmuro: Me quedé en tus pupilas mi bien / ya no cierro los ojos / me tiré a lo más hondo / y me ahogo en los mares / de tu partida de tu partida.) Después ella me pidió que cerrara los ojos y me la imaginé pintarrajeada igual que una actriz de cine. “Mirá” me dijo, separando las piernas: “Se llama Sarita. Pobrecita. Vení. Dale un beso”. Y se tapó la cara con la bombacha. Pero creo que no pude besarle la ranura lastimada del sexo ni con los ojos. Si hubiese sido un perro, le hubiese podido lamer hasta el alma. Pero éramos dos niños de nueve años.
Y ahora que María Sara ya no está, apoyo el entrecejo sobre los pulgares y rezo: Andaré sin saberlo / calzaré de tu cuerpo / comeré lo que sobre / dentro de tu corazón.
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(40 CRÓNICAS UCRÓNICAS) es un libro atípico en el que el autor agrupa distintos géneros (entrevistas, poesía, narrativa y ucronías surrealistas) con la misión de capturar la esencia y existencial y metafísica de su padre, el plástico torresgarciano HUGO W. GIOVANETTI SANNA (1919 / 1979) a quien considera deberle “todo” en la vida.
(Año: 2020 / 2026) Hace unos años supe que mi única manera de llevar un diario era ir testimoniando el trajinar de mi trágica luminosidad fisuradora de la sombra amniótica a través de poemas de corte popular emergidos en forma de bitácora casi cotidiana (en un principio fueron haikus y después tankas rimadas, a los que muy de vez en cuando se agregan sonetos, sextillas o décimas, aparte de algunas reflexiones que pretenden aproximarse tanto a los koanes como a los llamados logiones evangélicos apócrifos). En pleno apocalipsis de la era de Gutenberg los textos siguen apareciendo continuamente en las redes y gracias a Internet (y al infatigable empuje autogestionario de elMontevideano Laboratorio de Artes, que fundamos hace ya 18 años con el cineasta multimediático Álvaro Moure Clouzet) dialogan sin el menor afán de lucro (el symbolleim dialógico es el reverso del diabolleim que rasga la unidad comulgante) con innumerables lectores de todas las capas sociales no uniformizadas ni manipuladas por el gusto oficial (o esnobismo globalista) que parecen ir proliferando ad infinitum sin que el establishment de capilla me haya puesto de moda ni me haya sido necesario mendigar espacios en las siempre flechadas editoriales de tirajes paupérrimos y copete multinacional (inventadas más para lavar dólares que para difundir cultura), lo que en mi caso significa algo así como haber concretado el sueño del pibe. En el volumen de mi Biblioteca Virtual que titulé Puro verso figuran los textos iniciales de Hombre solo adorando, pero en los últimos dos años se sumaron muchos otros que seguramente no dejarán de multiplicarse hasta mi último aliento.
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