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(Año: 2019) El amor es un viaje es la tercera parte de un tríptico de nouvelles titulado globalmente Habemus cielo, que se inicia con otros dos textos simétricos: Sopa de horror y Me sobra corazón. Las tres historias se interconectan en forma de saga pero también pueden ser leídos independientemente, y fueron publicadas por elMontevideano Laboratorio de Artes en 2019.
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“ELLA” (CAPÍTULO 14 DE EL TALLER DE LA VIDA confesiones donde se narra el sustento autobiográfico que aparece ficcionado en El amor es un viaje)
A mitad de 1963 formamos un grupo de viaje y en una función a beneficio que organizamos en el cine Maracaná supe que Albita tenía un novio de veintidós años. El tipo era un galán coleccionista de bomboncitos y yo tenía quince años y medía uno sesenta y usaba ortodoncia.
Fue un invierno bravísimo y sobreviví adorando y boxeando: le dejaba un poema nuevo por día a mi padre en la mesa de luz y llegué a entusiasmarlo con dos versos escritos después del velorio de la abuela de Albita: Cuando volvimos / las calles conducían hacia ninguna parte.
Y la vida premia con mucha puntualidad al amor desinteresado. La única fuente de ingresos que nos quedaba era una rifa y en setiembre organizamos un baile en el Oceanía y al otro día fuimos a retirar la bebida que había sobrado y me tomé un cajón de chopitos sin comer y acompañé caminando a la pobre muchacha hasta su casa de Nuevo Malvín y sé que cuando volví la llamé por teléfono para pedirle disculpas por todo lo que le había dicho y me di cuenta que no estaba enojada en absoluto. Lo terrible de la hiperlabia es que uno jamás puede acordarse bien de lo que dice. Con alcohol o sin alcohol.
De lo que me acuerdo bien es que en un mediodía muy dorado mi madre me dejó ponerme el pulóver de ban-lon para ir al liceo y cuando me lo estiró en la puerta comentó con las mejores intenciones del mundo, posiblemente: Quisiera ser ella.
Entonces Susana Pavan, una compañera de clase, me pidió que le prestara mis poemas y se los mostró en secreto a Albita y al final de un picnic que hicimos en Solymar los pinos se amilagraron de golpe y salimos a caminar solos con ella y fue como si respiráramos la magia del soneto de Leopoldo Lugones: Al promediar la tarde de aquel día / cuando iba mi habitual adiós a darte / fue una vaga congoja de dejarte / lo que me hizo saber que te quería. / Tu alma, sin comprenderlo, ya sabía. / Con su rubor me iluminó al hablarte / y al separarnos te pusiste aparte / del grupo, amedrentada todavía. / Fue silencio y temblor nuestra sorpresa / mas ya la plenitud de la promesa / nos infundía un júbilo tan blando / que nuestros labios suspiraron quedos. / Y tu alma estremecíase en tus dedos / como si se estuviera deshojando.
Pero nadie, y mucho menos nosotros mismos, pudo entender la verdadera trama del enganche que nos obligó a caminar y charlar en pareja durante todas las excursiones rambleras que hacía el grupo hasta la Plaza Virgilio. Para eso hay que leer a C. G. Jung.
Y cada vez que Albita se acordaba de la abuela y decía Dios mío, yo la corregía con mucha más ternura que un borracho de Paco Espínola: Dios no es tuyo. No es tuyo. Dios es de todos. En un cuento titulado Festejen reproduje casi con total literalidad el viaje que hicimos a Porto Alegre en enero del 64 aunque no lo expliqué, por supuesto. La mayoría de las historias básicas de este libro ya fueron reinventadas en relatos más o menos eficaces y la summa pretende complementarlos con repeticiones captadas por otro tipo de montaje.
Lo que nadie llegó a entender en el Brasil fue por qué Albita permitió que yo le agarrara la cintura durante toda una semana cada vez que cruzábamos una calle o las veredas se ponían densas. Ahí el toque era doble. Ella siempre dejó muy claro que yo no le gustaba para novio y la madre, que viajó con nosotros, me odiaba peor que a un mal partido para la nena. Yo pude verla desnudarse, además, desde un cuarto a otro del hotel por un descuido en el cierre de las persianas y, aunque vivía erecto y usaba suspensor para que no se me notara, di vuelta la cabeza. Pero lo cierto es que aunque no hubiera hambre de la que muerde, aquel brazo en la cintura espesaba el amor de cada uno por su otro. Y que, como en el Cantar de los cantares, la espiritualidad generaba una unión sobrehumanamente erótica.
El jueves aullé durante horas agarrotado por un cólico estomacal seguramente histérico y el viernes me le declaré y el sábado dijo que sí y escandalizamos al grupo nada más que tres días, porque Albita me dejó apenas volvimos a Montevideo argumentando que me había aceptado por piedad. Yo velé mi espejismo llorando hasta el retorcimiento, pero con el tiempo miraba a mis amigos y no podía entender cómo podían vivir sin haberla enamorado boxeando contra el mundo. A Ella.
Cuando el ómnibus salió de Porto Alegre era de noche y los muchachos se confabularon para que nos sentáramos juntos y de repente Albita me dio la mano como una verdadera novia y me sentí en el cielo. No habrá durado más de diez minutos, pero en aquel viaje fuimos dos peces aprendiendo a volar para siempre en el aire del otro.
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