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(Año: 1994)
Señal de ajuste
Advertimos que el material que va a exhibirse está destinado a desafiar frontalmente la sensibilidad de los lectores. Pretende ser un canto al escándalo del horror universal trasmutado en curación de amor antes de que anochezca: porque en el fondo de todos nosotros reverbera el suavísimo paisaje de la gracia, siempre que nos juntemos para expulsar al odio.
La opción SIDA + VIDA no remite a una cruz de ocaso resignado, entonces, sino a esa tablatura que va sumando vidas / muertes enamoradas de la luz general -de la gran hermosura que nos fue concedida más acá o más allá del dolor y la sombra- y les da salvación. Y, como ya se sabe, la salvación es obra de la hermandad desnuda. Primero hay que saber sufrir está escrita en memoria del heroico talento y la inmortal bondad de Daniel Bentancourt, colega y compañero del alma fallecido en San Pablo en febrero de 1996. Aclaramos -para los habituales profanadores de intimidades biográficas- que la novela fervora sobre la cuerda de la pura ficción. Dios puede atestiguarlo.
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FRAGMENTO DEL CAPÍTULO 26 DE EL TALLER DE LA VIDA / confesiones
(…) Y aquel enero del 96 nos avisaron que acababa de morir Daniel Bentancourt en San Pablo y sentí sacudirse el eje del planeta, para hablarlo en Conrad. Porque un año antes me había dejado en la mano una de las novelas más terriblemente sedientas de Jesús que se hayan escrito. El viento de la desgracia, y yo lo llamé de larga distancia para felicitarlo pero le pregunté si estaba enfermo de verdad y él largo una carcajada: Ah, te jodí. Ahora me doy cuenta de que es buena, chiquito. La hice después de una neumonía que casi me pasa para el otro lado.
En aquellos años todavía se sabía muy poco del SIDA, pero todos nos dimos cuenta que Daniel estaba por la mitad y que mientras charlábamos las córneas color pus se le clavaban en una especie de más allá petrificador a cada momento. Y sin embargo ni la superdotada intuición de Rosina alcanzó a percibir la enfermedad.
Mi compañero del alma, además, que tenía tres hijos chicos y los adoraba, había dejado infectada a la segunda esposa treintañera. Y de golpe entendí por qué vivió siempre machacando, desde la adolescencia, con aquel lado oscuro que lo poseía y uno no le podía concebir porque en los paletones parecían rebrillarle dos corazones de oro, y tanto el entusiasmo vital como la bondad que repartía a borbotones eran los de un elegido.
Hugo Bervejillo y Saúl Ibargoyen son los principales testigos que conozco. Sergio me había dejado a disposición todas las botellas de escocés que les regalan a los médicos y yo me sentaba de noche en la vieja hamaca del viejo porche doliente a boxear, whisky en mano, hasta que me inundó una nouvelle que titulé Primero hay que saber sufrir basándome en la culpa que alquitranaba dantescamente el libro inédito de mi amigo el mosquetero, pero soñándole un final sereno y luminoso como un naranjo en flor. Porque era un hombre bueno.
Y cuando me enteré que Daniel había muerto con treintaitrés quilos acompañado en el hospital por su primera esposa, Marina, y agradeciéndole a la vida todo lo que le dio, no me asombré demasiado. La que ve es la fe, Padre, a través de nosotros. Lo increíble es que nos cueste tanto entender esa verdad tan simple. Y una noche mi sobrino chico, Leonardo, se me sentó al lado en la hamaca y de golpe murmuré: ¿Vos sabés que lo único que importa en la vida es el amor, verdad? Y él bajó la cabeza y me dijo que sí.
Pobrecito. Extrañar tanto a los padres y tener que aguantar a un tío loco y borracho.
Pero lo que yo quise tatuarle en la tristeza fue lo que Einstein redactó así: Hay dos maneras de vivir una vida. La primera es pensar que nada es un milagro. La segunda es pensar que todo es un milagro. De lo que estoy seguro es de que Dios existe.
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