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(Año: 2016 / 2018) Introducción a La patria que te parió / Explicación del amor de Julio Herrera y Reissig
Esta extensa narración estructurada en forma de folletín construye una ucronía ambientada en el Montevideo y el Maldonado de 1909/1910, y culmina con el legendario entierro donde Alberto Zum Felde escandalizó a los asistentes con el denunciatorio discurso fúnebre que le tributó a Julio Herrera y Reissig. Además la ficción se introduce en el cajón del escritorio de Juan Zorrilla de San Martín para revelar espiritistamente el discurso que el “poeta de la patria” jamás pronunció en el Cementerio Central.
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EPISODIO 1: TIBURÓN
Epílogo
A fines de setiembre de 1908 Lucas Rosso llegó al galope desde San Carlos y encontró a Jonás Erik Jönson contemplando la marea horizontal que incendiaba las cúpulas de la catedral fernandina.
-Acabo de leer el Epílogo wagneriano a La Política de Fusión que me prestó el Inspector Camacho -le comentó el gigante sueco al servidor saravista apenas se sentaron a tomar caña de La Habana en el Café y Billar de Juan Stuart. -Y creo que empecé a comprender mucho mejor la barbarie ilustrada que reina en este pantano “lautréamontiano” donde se asfixian los uruguayos.
-¿Y qué quiere decir “los tres montianos”? -se desorbitó el hombre treintón que había perdido el brazo derecho en la batalla de Paso del Parque.
-“Lautréamont” es el seudónimo que utilizó Le Montévidéen Isidore Ducasse para firmar sus Chants de Maldoror que fueron escritos en francés y publicados en 1869 - explicó el farero alterno de la Isla de Lobos, con su regocijante acento apaisanado. -Es un libro tan genial que parece vomitado por el Bajísimo y me lo contrabandeó el capitán Södergran apenas empezó la zafra. Y me atrevería a asegurar que Julio Herrera y Reissig lo conoce perfectamente.
-Ayer recibí una carta de Florián Regusci donde me cuenta que don Juan Zorrilla de San Martín se ofreció a organizarle una “tenida” guitarrística con el divino Julio.
-Entonces el troubadour de los éxtasis estará terminando de resucitar. Porque la prensa comenta que desde que perdió a la madre ya ni sale a la calle.
-¿Y usted a qué le llama “resucitar”? -se rascó las costillas con el muñón Lucas Rosso.
El sueco enfocó las cúpulas purpúreas de la catedral y después de ahuyentar con un solo parpadeo un chispazo de odio pudo curvar la boca:
-Usted sabe muy bien que ya hace unos cuantos años que Nuestra Señora me prohibió predicar.
-No se amosque, amigazo. Pero yo pienso que cuando ella le dijo Ahora es tuya la luz pero en silencio usted debía estarse comunicando con una voz de ese otro mundo que ahora llaman el peri-esprit.
Entonces Jonás Erik Jönson fue hasta la letrina sin disimular la ferocidad de las zancadas y al volver gargajeó de colmillo:
-Un altar de la Santa Madre no es un gabinete de espiritista, mijo.
-¿Y cómo hace el divino Julio para diferenciar las voces que le llegan desde los altares y las que gargarizan los médiums? -se le alfileraron guerreramente las pupilas al hombre-muchacho.
-Dios sabrá.
-¿Dios?
El sueco pidió otra vuelta y enseguida inclinó la barbaza color fuego para disimular un movimiento labial idéntico al de los peces.
-Rece por mí, amigazo.
-Rezo por todo el mundo.
Caballo
Natalio Botana y Alberto Zum Felde acababan de pedir el segundo calvados cuando Julio Herrera y Reissig y su flamante esposa flanquearon lentamente el Café de las Pyramides hasta quedar recortados en la avalancha de luz rojiza que subía desde el puerto.
-Voilà nuestro imperator -se frotó la mandíbula Botana con triste admiración. -Por fin salió del cucho. Lástima que esa barba lo hace parecerse al viejo de la balada eglógica. ¿Querés que te lo presente?
-Pero él tiene que saber que yo fui un perrito faldero de Roberto -se acomodó temblonamente la pañoleta Zum Felde.
-¿Y qué carajo le puede importar? Además Julieta ya nos echó el ojo y quedaría muy mal que no los saludáramos.
-Qué muchacha elegante.
-Y tiene más cojones que tu Lulú anarquista.
Y mientras los dos dandys todavía adolescentes zigzagueaban hasta la puerta que daba al Boulevard Sarandí Julio Herrera y Reissig se alzó el ala de la galera a punta de bastón y contempló la bahía con las córneas hinchadas ensangrentadamente.
-Dios mío -murmuró frenándose un momento Botana. -Parece un tiburón. Y Tiburón se llamaba el caballo que le hizo perder la última plata gorda que tenía amorralada antes del casamiento.
-Y pensar que Roberto se llenaba la boca apostando a que esa chiquilina nunca se iba a animar a casarse con un cadáver.
Los aspirantes a escritores salieron del café justo cuando irrumpió el estruendo del tram- way que paraba en la esquina de la catedral, pero alcanzaron a escuchar la cuarteta que recitó con pausas muy disneicas el gigante giboso:
-¡Tontovideo, Edén envenenado! / Aquí está el mordedor de mis delirios, / Cual cocodrilo desamortajado / Que no sabe llorar ni en los martirios.
Entonces el futuro periodista que sería capaz de sacudir a las masas argentinas le hizo una reverencia con su rancho de paja al esclavo de la morfina que olía más a alcohol antiséptico que a perfume y trató de sonreír:
-Qué cambiada está esa estrofa, querido maestro.
-Es que hace diez años nuestra macrocefálica ninfa Eco todavía no se había puesto más cargosa que los mosquitos -se le transfiguró de golpe la mordacidad en bondad al hombrón. -No me diga que vamos a tener el honor de conocer al autor de Lulú Margat.
Julieta leyó esa obra y la adoró.
-Favor que usted me hace -se hincó para besarle una mano a la muchacha el entonces seudonimizado Aurelio del Hebrón.
-¿Qué le parece este abuelo acompañado por un pimpollito? -contempló con un filo de autocompasión Julio Herrera y Reissig el sonrojo coqueto de su esposa-enfermera.
Odio
-¿Cómo lo trató el invierno en la isla? -le costó mucho desenfundar el reloj de cadena a Lucas Rosso. -Cada vez que tengo que enchastrar una carta con esta mano idiota pienso en lo lindo que será ver el mundo desde arriba del faro, sin tener que recibir la lástima de nadie.
-¿Lindo? Yo diría que purgarse en aquella intemperie es tan terrible y tan hermoso como romper un techo a cabezazos para poder adorar la sonrisa de las galaxias mientras el resto del cuerpo sigue colgando en este infierno con jedor a masacre.
-¿Y cómo se las apaña para vivir con las patas colgando? -se atoró divertidamente el hombre-muchacho de pómulos aguzados por la desesperanza.
-No hay otra forma de vivir casado con el cosmos -señaló la majestuosidad del lucero recién recortado sobre el horizonte de la plaza el sueco. -Y el Epílogo wagneriano a La política de fusión me convenció de que Julio Herrera y Reissig viene tratando de romper la bovedilla espiritual tontovideana a topetazos de odio hace unos cuantos años, aunque todavía no pudo.
-Florián Regusci me contó que es posible que en Buenos Aires el imperator haya conocido a mi compinche Sabino ya en plena locura -consultó la hora Lucas. -Y hoy vine a Maldonado con la misión de leerle a Magdalena Tomillo el soneto más piadoso de los que se publicaron en La Nueva Atlántida.
-¿Color de sueño?
El servidor saravista sacudió afirmativamente una ternura de dientes mientras guardaba
el reloj y murmuró:
-Creo que ella se lo merece.
Entonces el gigante que se había hecho cargo durante unos meses de la cátedra de astronomía anexa a la Escuela Ramírez se inclinó para espejarse en el resplandor de su copa y chistó:
-Todas son Nuestra Señora, mijo. ¿Entendió lo que quise expresar cuando hablé de “la sonrisa de las galaxias”?
-Para mí eso es nada más que poesía, amigazo.
-Claro -hizo fondo blanco el sueco. -Y la poesía es una quintaesencia suprema de la realidad.
-Lástima que los soñadores de esa consolación también terminen por convertirse en charque para los gusanos que nos tiene preparados la suprema Ananké, don Jonás. Usted disculpará, pero tengo que irme.
Y después que se pararon al mismo tiempo el farero volvió a señalar la ascensión de Venus y confesó aplastándose las crenchas amarillas:
-A mí la Virgen del Carmen del Santander me empezó a sonreír recién allá en la isla. Yo le rezo todos los días pero ella aparece por sorpresa y me lame la vida. Y no habita en ningún peri-esprit, amigazo. Es el iris de mi ánima.
Y cuando salieron del Billar Lucas Rosso extendió el brazo izquierdo para despedirse y de repente se tuvo que chupar una lágrima que le tajeó la cara.
Gato
Cuando volvieron de la misa del Ángelus Julio Herrera y Reissig se arrancó los guantes color crema y el jacquet para tirarse en la cama a inyectarse una dosis de morfina, y enseguida que Julieta empezó a tocar el piano roncó asfixiadamente:
- Enfin, je venais de trouver quelqu’un que mi ressemblât!... Désormais, je n’étais plus seul dans la vie!... Elle avait les mêmes idées que moi!... J’étais en face de mon premier amour!
La muchacha interrumpió el Preludio, Coral y Fuga de César Franck con dos acordes de feroz disonancia y el gato llamado Holofernes se escapó hasta la cama que apestaba a enfermería:
-Cuando nos casamos me prometiste que la maldición del Bastardo no iba a ensuciar este nido.
-Esto no tiene nada que ver con Roberto, negrita.
-Yo sé muy bien que este fue el floretazo que te clavó Roberto en la Torre la primera vez que armaron la mesa de tres patas. Y no lo quiero escuchar nunca más en mi casa.
Rubén Darío ya advirtió que los aullidos del Montévidéen eran peligrosos como los de un chacal martirizado por Satanás. Y lo peor es que Delmira y María Eugenia también lo idolatran. ¿A qué van a la iglesia?
-A vos no te quieren ni en la iglesia, Oro hermano -frotó a tientas al gato el hombre que ahora parecía dormido. -Hoy este cura que debe tener muchos más pecados que un sobrino maligno comparó a tu asesina Judith con la Sancta María Sine Labe Concepta. ¿De dónde sacaste esa partitura tan dulce, Chocha?
-Me la regaló Zorrilla. Y me dijo que también se la había mandado a la cuñada del verdulero loco que conociste en Buenos Aires. Ella vive en Maldonado.
-¿No podés volver a tocarla?
-Ahora no tengo ganas. Además me interrumpiste justo cuando aparecía el Coral intercalado entre el Preludio y la Fuga, que es la innovación sublime.
-El culpable no fui yo. Hoy cuando nos encontramos con Botana y Aurelio Del Hebrón me estaba imaginando al Montévidéen mostrándole el culito a la tiburona y ahora me poseyó del todo.
-Vade retrum -se persignó Julieta. -Ese hombre odiaba a Dios.
-Ese hombre odiaba a casi todos los sucesores del mono pero era capaz de amar a los piojos y a los cerdos.
-Voy a bajar a comprar algunos bollos para acompañar el chocolate. ¿Por qué se te ocurrió invitarlos justo hoy, sabiendo lo cansado que ibas a volver de la misa?
-Es que anoche terminé de retocar unas décimas nuevas de la Tertulia y son dos buenos oyentes para ponerlas a prueba. A vos ya sé que no te van a gustar. Bueno, por lo menos podés distraerte pizpireteando con le petit dandy que te besó la mano.
Entonces la muchacha se puso muy roja y cuando Julio se subió el pantalón manoteando una compresa antiséptica Holofernes pegó un salto y le lamió una llaga que empezaba a ponerse purulenta.
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