Un réquiem no se baila

(Año: 2016)

Introducción a UN RÉQUIEM NO SE BAILA

Este artículo de corte ensayístico analiza la costosa realización de una de las canciones más populares de todos los tiempos: Yesterday, de los Beatles, considerada un punto de inflexión decisivo en la síntesis que lograron concretar los Fab Four entre la balada rockera y la música clásica eurocentrista.

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Primer capítulo

La semana pasada leí la hermosa despedida que le dedicó Paul McCartney a George Martin y me sentí “en misión” de escribir unas reflexiones investigativas sobre un fenómeno que me obsesiona desde hace medio siglo: la gestación de “Yesterday”.

Porque el legítimamente llamado “quinto Beatle” hizo una extraordinaria carrera de productor que ahora está siendo revisada con minuciosidad en los posteos necrológicos de las redes, pero la genialidad que revolucionó como una zarza ardiente la historia de la música es el arreglo del penúltimo tema de la cara B del disco “Help”.

Y me acuerdo claritamente, para hablarlo en Pepe Guerra, del día en que un compañero de mi banda apareció en casa escandalizado por una especie de “admirable alarma” que me desconcertó:

-¡¡¡¡Loco, acabo de escuchar en la radio un tema nuevo de los Beatles que no se puede bailar!!!!

Nadie podía creerlo. Y sin embargo aquella balada pasmosamente “trilce” (Vallejo nunca especificó que el neologismo provenía de un yin-yang formado por las palabras “triste” y “dulce”, pero a mí siempre me pareció obvio) se transformó en muy pocos años en una canción tan popular como el “Himno a la alegría” beethoveniano.

¿Pero qué fue lo que hizo que George Martin les planteara a los Beatles la grabación de “Yesterday” vocalizada y arpegiada por Paul en solitario y entre la espesura de un cuarteto de cuerdas que difumina la pulsión rockera y nos sumerge en una especie de “contraluz de réquiem”?

¿Cuál es el “fondo de iceberg” que enigmatiza a este deslumbrador lamento arrepentido que nos hace “arrodillar por dentro” y en un principio todos confundimos con una historia más de abandono amoroso?

¿Quién es la “she” del estribillo?

Yo lo adiviné a mediados de los 90, después de leer la excelente biografía de Peter Ames Carlin, y cuando comenté en familia que estaba seguro de que Paul McCartney le había escrito esa canción a la madre me contestaron:

-Ah, bueno. ¿Y por qué no lo llamás por teléfono para avisarle?

Y chau. Otra “teoría boluda del delirante místico junguiano” que cree que Artigas y Obdulio son los dos referentes épicos decisivos para justificar la “invencible grandeza” que jamás ha reinado (aunque siempre asome de una manera u otra y asombre al mundo entero) en esta minusválida y reseca republiqueta logiera inventada por Lord Ponsonby.

En aquellos años ya se sabía que Paul había hecho declaraciones reconociendo que en el momento de despertarse y salir corriendo hasta el piano una mañana de 1963 para armonizar y fijar en un grabador de cinta una melodía que acababa de soñar en el ático de la casa de su novia, todavía estaba muy lejos de imaginar “adónde iría a parar tanta belleza” (Verónica Pérez dixit).

Y ya se ha escrito mucho sobre el sufrido proceso de redondeo de un tema que durante meses pensó torturadamente que era plagiado, hasta el punto de que un día los otros Beatles le pidieron que aceptara que aquel sueño era “suyo” y se dejara de joder de una vez.

Entonces decidió “dejar llegar” el texto de la que podría ser “la canción de su vida” y siguió llamándola provisoriamente “Scrambled eggs” (“Huevos revueltos”), título al que apenas se le sumaba un verso payasesco: “Oh my baby how I love your legs” (“Cómo amo tus piernas, nena”).

Y fue recién en el 65, al tomarse un respiro vacacional junto con su novia en la “villa” que tenía su amigo Bruce Welch en un pueblito portugués lo suficientemente ubicuo como para eludir a los “paparazzi”, que la pudo escribir.

Porque cuando subieron al coche que los estaba esperando para viajar durante varias horas hasta el escondite costero, Jane Asher (que probablemente ya no lo amaba, según se desprende de dos canciones compuestas en llaga viva: “I’m looking through you” y “For no one”, que aparecerían muy pronto en “Rubber soul” y “Revolver”) se le durmió al lado y a él le cayó del cielo una palabra-copo que le hizo resplandecer plateadamente la tristeza: “Yesterday”.

Estaba encapuchado por el peor amedusamiento que puede asfixiar a un muchacho obligado a adultizarse (un vértigo generador, por otra parte, del mismísimo pánico que le había hecho escribir a John Lennon su primer gran texto, “Help”): no concebir ningún futuro más feliz que el “ayer”.

Entonces fue diseñando dos series cuádruples de rimas consonantes (“yesterday” / “away” / “stay” / “yesterday” y enseguida “suddenly” / “be” / “me” / “suddenly”) y al llegar al estribillo se zambulló en la angustia donde aparecía “she” y se dio cuenta de que lo que estaba esculpiendo en la pared de la caverna era un “rostro adorado”.

(Manuel Espínola Gómez solía decir cuando desembuchaba de golpe prodigios como el polifocalismo o las boligrafías: -Se ve que tenía el chorro apretado con la pata y al final reventó.)

Pero pasarían décadas antes de que Paul McCartney comprendiera (y lo reconociera en público) que le estaba componiendo un culpabilizadísimo réquiem a “Mother Mary”.

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