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(Año: 1974 / 2009)
El primero de estos textos fue escrito en un camping de Saint-Tropez al día siguiente de que el autor tocara en una fiesta donde conoció a Brigitte Bardot (que ese verano cumplía 40 años). En ese mismo mes de agosto de 1974 el trío de cantores pasaplatos que integraba junto a otro músico uruguayo (Carlos Arteaga) y un cordobés (Daniel Capuano), fue contratado para actuar en el glamoroso Club 55, y esa noche se tomaron una foto junto a la “diosa” que terminó siendo publicitada hasta por la revista argentina Gente. En el libro Cantor de mala muerte se incluye una crónica del encuentro con B:B:
Quince años después HGV produjo un nuevo comentario periodístico dedicado a la diva que lo conmovió dolorosamente, y en la última redición del Triple Tributo adjuntó una breve presentación global.
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ELLA Y JESÚS
Me decido a teclear esta paginita porque ayer -25 de junio de 2009- murió Michael Jackson, blancamente disfrazado de dios.
Y anteayer Luis Silva Schultze, un compañero del alma de toda la vida y colaborador de elMontevideano / Laboratorio de Artes, me escribió desde Catalunya comentándome que, conjuntamente con los merecidísimos homenajes que se le acumulan a Juan Carlos Onetti, la maquinaria del consumismo salvaje ya le empezó a sacar el jugo a los 75 años que cumplirá Brigitte Bardot el 28 de setiembre.
Truman Capote, que soñó desde la infancia con vivir entre los ricos y famosos, terminó entelarañado por la voracidad de su minusválida fantasía jeteadora.
En mi caso nunca existió esa ilusión, porque cuando tenía 2 años José Gurvich caía muerto de hambre a nuestra humilde casa del Paso Molino a compartir la sopa y los cartones y los pomos de pintura Goya con mi viejo y supe para siempre que la grandeza es oro espiritual y la fama pura mierda.
Obsceno quiere decir basura, y la actriz sin talento que fue Brigitte Bardot tuvo la delicada misión de mostrarle por primera vez al mundo que la desnudez de una diosa es “belleza” y no “ordure”.
Y conocerla a mis 26 años significó entender deslumbradamente que el mito femenino más celebrado del planeta ya era una no-muchacha condenada a arruinarse en el socavón de los espejismos rotos, pero que ella no disimularía jamás su horror a la intemperie espiritual de la modernidad.
Jesús de Nazaret le hubiera sonreído con piedad montañosa a esa triste grandeza.
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