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(Año: 2016)
Introduccción a LA MIRADA DE GUILLERMO FERNÁNDEZ
Estos apuntes narrativo-ensayísticos fueron preparados en 2016 a pedido de la artista plástica Lola Fernández, cuando se realizó la retrospectiva póstuma de la magistral obra de su hermano Guillermo en el Museo de Artes Visuales del Parque Rodó. Por alguna razón que desconozco no aparecieron incluidos ni siquiera fragmentariamente en el catálogo general de la muestra. Creo que vale la pena incluirlos en esta página WEB, porque testimonian algunas lecciones estético-éticas cardinales que recibí de uno de los mayores maestros iniciados en el Taller Torres García.
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Primer capítulo
1 / NOTICIA
El escándalo se produjo a finales de los 60 y estoy casi seguro de que fue una tarde de sábado. El taller de mi padre tenía dos niveles y Guillermo Fernández entró de sopetón y no cerró la puerta ni esperó a bajar los tres escalones para anunciar radiantemente recortado sobre la mansedumbre del patio con parral:
-El domingo pasado tomé la comunión, gordo.
Y nosotros nos miramos durante un segundo como si nos hubiese tirado una bomba de olor.
-Mirá vos -terminó por fluirle una sonrisa todavía shockeada a mi padre, que cuando yo tenía seis años me leía el Sermón de la Montaña y jamás hablaba mal de la Iglesia aunque tampoco iba. -¿Y no te interesan más los protestantes?
-Santa Madre hay una sola -se sentó entre el caballete y el gran banco de carpintero el hombre cuarentón y todavía espigado que según mi prima hermana Ana María era un terrible churro parecido a Mel Ferrer.
Yo tendría dieciocho o diecinueve años y venía devorándome la historia de la redención de Raskolnikov, pero me era imposible concebir que aquel maestro torresgarciano se hubiese conmovido tanto al masticar la hostia.
-El asunto empezó cuando cumplí los veinte -se paró Guillermo para señalar el mate que estaba arriba del banco de carpintero. -La cosa se me apareció adelante así como ahora estoy viendo a este porongo, pero no le hice caso.
Y arqueó su clásica sonrisa de labios cerrados para poner el mate detrás suyo.
-Bueno, yo reconozco que a mí casarme por iglesia me hizo mucho bien -prendió un Sinniko fino mi padre con una ansiedad ya completamente hipnotizada.
-Y al llegar a los treinta se me apareció otra vez -volvimos a ver incrustarse el fulgor de la bombilla sobre el enorme ventanal de vidrios fijos que daba al sur. -Y yo seguí escondiéndola.
Aquello era como estar contemplando una especie de ping-pong titiritesco, pero cuando el porongo que representaba a Jesús se estacionó definitivamente al lado del termo reinó un silencio de oro.
Y después que los escuché charlar un rato sobre la vuelta de Gurvich a Israel tuve necesidad de comentar que estaba terminando de leer Crimen y castigo.
-Uh: qué novela -se le ahuevó una celestísima espesura de admiración a Guillermo. -Y eso que Dostoievski era tarado.
Entonces nos miramos con mi padre esperando que pateara el penal:
-Claro, Huguito: era tarado. Al final de su vida comulgaba y todo. Los sabios modernos le avisaron que todo aquel asunto de la Virgen, la crucifixión y la resurrección era un invento para adormecer a los pueblos pero él murió creyendo a rajatabla en el Espíritu Santo. Igual que Dante, Cervantes, Vivaldi, Cézanne, Vallejo y toda la comparsa de locos alucinados.
Y aquella noche terminé de devorar el novelón mesiánico sin entender que acababa de recibir el primer cachetazo maravilloso de esos que nos va encajando la verdadera vida.
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